Mis queridos hijos,
¿Qué es Dios? ¿Quién es Dios? Me responderéis que, según el catecismo, Dios es un Espíritu Puro a quien ninguna criatura puede conocer porque es totalmente independiente de la materia y no se puede percibir por los sentidos. Estando en la tierra, solo podéis conocer algo o alguien a través de vuestros sentidos. También lo podéis conocer mediante vuestro intelecto, pero si primero no os acercáis a Él a través de uno de vuestros sentidos (vista, olfato, oído, tacto, gusto), vuestro intelecto tendrá dificultad incluso en saber que existe.
De hecho, el aprendizaje se produce a través de los sentidos: la vista [la lectura], el oído [las instrucciones], etc., luego tu cerebro, tu intelecto, reflexiona sobre ello y saca conclusiones, y finalmente tu voluntad entra en acción. El cuerpo es movido por sus sentidos y su reflexión saca conclusiones. La reflexión proviene del cerebro humano así como de los cerebros de los animales, que recuerdan experiencias agradables o desagradables; el cerebro de cada criatura está más o menos desarrollado según su especie. Los animales son criaturas de Dios, los humanos son criaturas de Dios. ¿Cuál es la diferencia entre ellos?
Cuando Dios creó a Adán, lo creó a Su imagen y semejanza, y quiso poblar Su Cielo con criaturas tan similares a Él que deseaba adoptarlas como Sus propios hijos. Adán quería estar acompañado por una criatura similar a sí mismo, y así fue. Su nombre era Eva, un nombre dado por su esposo porque estaba destinada a ser la madre de la humanidad. Era tan parecida a él que era su igual, pero Dios puso orden en toda la creación e instituyó al marido como cabeza de la mujer para que ella pudiera dar libremente y sin constreñimiento a luz hijos, tanto varones como hembras, y así poblar la tierra y la Eternidad para que pudieran amar y disfrutar de Dios infinitamente y eternamente.
Tal era el plan de Dios para la humanidad, pero el primer hombre, bajo la influencia de la primera mujer, se apartó de Dios y perdió los tesoros de gracia que le habían sido dados libremente. La mujer, instigadora de este grave e irreparable pecado, fue sometida a un castigo personal, como dice en la Biblia (Génesis 3:16): “Multiplicaré sobremanera tus dolores y angustias en el parto; con dolor darás a luz hijos, pero tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.” Y al hombre Dios le dijo (Génesis 3:17-18): ”Por cuanto escuchaste la voz de tu mujer y comiste del árbol que yo te mandé diciendo: No comerás de él; maldita es la tierra por causa de ti! Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida (...) hasta que vuelvas a la tierra (...) porque polvo eres, y al polvo volverás."
Así se describe en la Biblia, el libro de la vida, la consecuencia del pecado del hombre y la mujer, y el diablo nunca deja de incitar al hombre y a la mujer a rebelarse contra este juicio divino. Pero cuando el hombre y la mujer aceptan esta consecuencia del pecado con obediencia filial, pueden derivar una profunda alegría de ello, vivida en fe, esperanza y caridad, y todas las otras virtudes que fluyen de ellas, y ganar el Cielo al final de sus días.
La Bienaventurada Virgen María, la nueva Eva, fue un modelo de humildad y obediencia, y San José también fue un modelo de esposo, padre e ejemplo de sumisión a la voluntad de Dios. Él era el servidor perfecto, así como la Bienaventurada Virgen María no dudó ni por un segundo al anuncio del Ángel: “Soy la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra.”
El primer pecado fue un pecado de independencia que derribó a la humanidad. La redención de la humanidad, tan deseada por Dios, fue un acto personal de humildad y sumisión total a Su Voluntad, cueste lo que cueste.
Hijos míos, en vísperas de esta gran Cuaresma del 2026, os invito a meditar sobre el pecado de independencia, de voluntad propia, del desafío del hombre y el “Non Serviam” de Lucifer; y por otro lado, meditad sobre la humildad, dependencia y sumisión a la Voluntad de Dios, cuyo ejemplo de Jesús y María abre el Cielo para la felicidad eterna de aquellos que los imitan.
Sed de aquellos que siguen a la nueva Eva, María, y al nuevo Adán, Jesucristo, y no al primer hombre Adán ni a la primera mujer Eva, quienes perdieron a la humanidad; pero su arrepentimiento la salvó gracias a los Descendientes prometidos para ayudarlos a vivir a pesar de su caída.
La virtud de la esperanza se os comunica mediante el bautismo del mismo modo que las otras dos virtudes teologales, fe y caridad, que, cuando bien ejercitadas y vividas, abren para vosotros la hermosa y luminosa Puerta del Cielo.
Os amo, os sostengo, os redimo; amadme a vuestra vez, haced penitencia y tened fe.
Os bendigo, mis queridísimos hijos, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo †. Amén.
Vuestro Señor y vuestro Dios
Fuente: ➥ SrBeghe.blog